La rosca
Para el cumpleaños de mi hermana mi madre encargó una rosca. Inicialmente planeaba darle sólo una pequeña mordida pero fue inútil, era increíblemente deliciosa, no recuerdo haber probado un postre que me gustara tanto antes. Sin embargo, en aquella ocasión no quería vomitarlo, fue una época en la que estaba evitándolo porque se había vuelto simplemente demasiado desgastante.
Pero un mes después mi madre compró otra rosca, más pequeña, para regalarle a un maestro. Al final decidí no dársela al maestro, porque me gustaba demasiado y no quería que él la tuviera. Esa era otra parte de mí actuando, porque una vez que tuve la rosca en mi casa noté que había sido un error, ahora estaría tentada a comerla. Y así fue.
Los siguientes dos días estuve arrancándole pedazos todo el día, y cuando lo hacía casi siempre lo vomitaba. Me asusté de lo extrema que se estaba tornando la situación, porque pasé de vomitar unas 5 veces a la semana, a hasta 3 veces al día. Claramente el riesgo se había vuelto mucho mayor.
Ahora, cuando pienso en esa rosca, no puedo evitar pensar en el sabor que tiene al vomitarla.
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