Inconvenientes

Obviamente vomitar es en general una experiencia bastante incómoda, aunque con el tiempo es normal acostumbrarse un poco a todas las sensaciones. Aún así, hay cosas que me fastidian particularmente de todo ese proceso tan grotesco.
Lo primero es los sabores. Supongo que la mayor parte de la gente normal detesta el sabor del vómito, es un sabor muy desagradable, a menudo se le usa como referencia para hablar de malos sabores. Claramente también odio ese sabor. Hay algunos alimentos que por algún motivo no saben tan mal al sacarlos, pero la mayoría sí agarran inmediatamente ese distintivo sabor a vómito, y es incluso peor cuando en lugar de ser sólo masas de comida medio digeridas salen líquidos mezclados con ácido. El ácido es lo peor del mundo, sale cuando tomo algún jugo de sobre, pero es insoportable cuando se trata de alguna fruta como la sandía o la piña. Sí, definitivamente la piña está entre las peores cosas posibles para vomitar. Y no sólo la comida sabe terrible al traerla de vuelta, en algunas ocasiones al meter mis dedos en la garganta, mi mano resulta tener un sabor bastante asqueroso, que aunque es de ayuda para provocar náuseas, lo cierto es que no evita que lo odie.
La segunda cosa que más me irrita es la brusquedad de los movimientos que hace mi cuerpo. No sé si se debe a que hago algo mal o si es lo normal en estas situaciones, pero con cada esfuerzo que hago (gag, no sé decirlo en español) es como si me golpearan en el estómago, no porque me duela nada, sino porque hace exactamente ese movimiento, y es tan fuerte que incluso mi pecho parece apretarse. No diría que es doloroso, pero es, por la incomodidad, cercano a un dolor.
La tercera cosa molesta serían los fluidos. Ya no estoy hablando del vómito en sí, sino de los resultados del esfuerzo. Con cada esfuerzo los ojos se llenan más y más de lágrimas. Las lágrimas no son de dolor, son sólo de puro esfuerzo, así de difícil es, particularmente si uno está luchando por no hacer ningún ruido, eso requiere incluso más control. Junto con las lágrimas viene el moco, que es imposible de evitar y ni siquiera se puede quitar apropiadamente, al menos en mi caso, porque si uno se suena la nariz sin ningún motivo podría ser un tanto sospechoso. Al final, varias venas del ojo se revientan y dependiendo de cuán difícil haya sido, pueden permanecer rojos por varias horas.
El cuarto inconveniente sería la limpieza. No soy muy fan de las tareas del hogar, pero si voy y ensucio de esa manera un inodoro, no hay nada más que hacer que limpiarlo. Durante un tiempo, que sería quizás la fase más extrema de esta peculiar adicción, mantuve el inodoro impecable secretamente. Oh sí, yo limpio ese inodoro muy bien, tal vez no sea buena para el resto de cosas relacionadas con la limpieza, pero limpiar retretes es mi gran especialidad secreta. Y tiene que serlo.
En cuanto a la limpieza personal, esa es una historia diferente. No hace falta decir que mantenerse limpio después de vomitar no es lo más fácil del mundo. Si no me amarro bien el cabello el olor se queda ahí muy fácilmente, sin importar lo bien que me lave la boca siempre hay algún rincón en el que el sabor aún no ha desaparecido, y lo más problemático son las manos. No hay manera de quitarlo, en los dedos de alguna forma siempre sigue habiendo un ligero olor a vómito, sospecho que se guarda en las uñas.
La quinta molestia es el daño de la garganta. Sí, definitivamente la garganta resiente bastante este tipo de prácticas, ya sea justo después de hacerlo (en mi caso no pasa siempre porque no toqueteo tanto mi garganta, pero aun así el ácido es a veces suficiente para causar algo de dolor) o como consecuencia a largo plazo de vomitar demasiado frecuentemente. La garganta cambia bastante a mi parecer, tanto que cuando como demasiado puedo sentir que mi garganta se abre involuntariamente y deja pasar un poco de comida. No tengo la menor idea de por qué pasa esto.

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