Cuando estaba en la secundaria todavía intentaba de alguna forma pertenecer a algún lugar. Estar totalmente sola, y con ello me refiero a no tener a nadie a quién hablarle o preguntarle algo con mucha confianza, no tener a alguien a quién pedirle que te acompañe a algún lugar, en general, ser una extraña para todos, alguien que nadie puede decir que conoce, que no está relacionado con nadie, hasta ese punto de mi vida eso me parecía más bien inconcebible, algo que simplemente no había considerado.
Lo que ocurre en la adolescencia temprana puede parecer un juego, la parte más irrelevante de la vida por la inocencia y la ineptitud que se asocia a ella, pero yo creo que es una etapa crucial en el desarrollo de la personalidad, de todo aquello que se quedará grabado en uno para siempre.
En mi caso, mi adolescencia temprana fue la etapa en la que, después de un corto intento de socialización que duró un par de años, comencé a hundirme más y más en mí misma. En cierto punto de mi vida escribí que sentía que caía en un abismo y ya que no había forma de escapar. De alguna manera eso sigue pareciendo cierto, a pesar de los años que han pasado. En verdad podría decirse que caí hacia algún lugar, o quizás simplemente me despegué tanto de la realidad que acabé de cualquier forma demasiado lejos de lo normal. Ni por encima ni por debajo, tan solo lejos.
Aunque mis intentos de re conectarme con el mundo parecen rendir frutos por momentos, podría decirse que mi naturaleza ya ha sido decidida. Hay cosas que realmente no se pueden cambiar ni siquiera con voluntad.
La emergencia de antes era diferente a la actual. No podía soportar ver mi juventud yéndose, saber que algo estaba mal y querer repararlo, para finalmente notar que no había nada que reparar. Puede que antes considerara que lo que estaba mal conmigo, aunque sin motivo, se podía reparar, pero el tiempo ha seguido pasando y se ha vuelto más claro que esto no es un problema, sino un hecho. Notar esto fue en algún momento desesperante, la alarma sonaba insoportablemente fuerte, de verdad no había escapatoria, tenía que seguir siendo yo para siempre.
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