Ser fuerte

He crecido mucho en los últimos dos años, las cosas han cambiado tanto. Más bien, yo he cambiado bastante.
Tal vez las asperezas realmente te fortalecen, tal vez todas esas noches que ni siquiera recuerdo me han vuelto así de dura.
No me siento árida, tan solo un poco descuidada, como si hubiera la posibilidad de que algo florezca en el futuro. El futuro, aún con las circunstancias, sigue viéndose tan brillante. En algún momento se iluminó así, y yo solo puedo ver hacía adelante, hacia donde parezca haber algo de luz. 
Realmente puede que tenga esa capacidad de filtrarme por cualquier grieta, de superar lo que sea con una cara más desesperante que desesperada. 
De nada sirve llorar, al menos no por mucho tiempo. Llorar no tiene por qué ser triste, nada tiene por qué ser triste, nada importa de todas formas. La vida no tiene porque ser tan feliz, no tengo por qué verme feliz, porque nada importa, y eso me hace muy feliz. 
La certeza de la inutilidad del esfuerzo y de la absurdez de la existencia es tan reconfortante, tan inspiradora a no hacer absolutamente nada. ¿Cómo podría hacer más que mi voluntad? Nadie puede culparme por ser tan cínica, después de todo saben que pasé por muchas turbulencias. ¿O será que no lo saben?
Sin importar el camino, estoy aquí. Y parece que así seguirá siendo por un tiempo, que tampoco hace falta definir. Nada importa menos que el camino, si hay que mencionarlo. 

¿Importa si me río de lo que podría considerarse una de mis desgracias? No me río de mí con saña, sino conmigo, porque parece siempre haber esa silenciosa apuesta entre mí y yo. La apuesta de que todo puede ponerse peor, y que cuando lo haga seguirá sin tener ninguna importancia, y lo único que podremos hacer será reír o llorar, y hacer cualquiera de las dos no hace ninguna diferencia. Entonces es gracioso, que hemos ganado la apuesta. 
No me odio, me reprendo, pero hay que entender que paso mucho tiempo conmigo, y me entiendo, no puedo molestarme demasiado conmigo. De hecho, me quiero bastante, pobre niña, le deseo siempre mucha suerte. 

No tengo miedo, ni odio, nada. Hacia nadie, hacia nada. Tampoco amo nada ni a nadie. 
Me gustan las cosas más sutiles, algunas cosas me desagradan, y otras las aprecio mucho. Siempre preferiré esa postura, es la correcta para quienes nos gusta no estar en lo incorrecto. 
Y así uno avanza fantasmalmente a través de los días, considerando a todos un potencial amigo, uno a quien nunca podrás acercarte lo suficiente, porque después de todo uno siempre estará solo. Y estar solo no es malo, ni triste.  
La felicidad no es el estado original de la vida, no pueden amenazarme con la posibilidad de perderla. Y como yo aprendí a estar satisfecha sin ella, no hay nada que puedan quitarme, no tengo por qué temerle a nada. A nada más que a la muerte. 
Aún si muriera, ¿cuál sería el problema? Simplemente moriría. 
Lo verdaderamente importante es la libertad. La libertad es lo único por lo que vale la pena esforzarse, porque sin ella, la vida permanece eternamente pausada. Es un hecho que entendí hace mucho tiempo, y uno que el resto del mundo está siendo obligado a entender con mucho dolor. En medio de tanto caos, me siento invulnerable a ese problema particular. 
La vida no es bonita ni agradable por naturaleza, sino que la hacemos placentera a la fuerza. Y cuando las desgracias ocurren notamos esta realidad, y aunque sea inevitable sufrir, mientras se conserve la vida no hay mucho más que hacer que reconstruir lo que se haya caído y seguir. Siempre hacia adelante, como el tiempo mismo.

Y ante mi propia pregunta de ¿por qué habría de seguir si podría no hacerlo? No tengo mucho que decir. Quizás preguntaría de vuelta ¿Por qué habrías de no seguir cuando podrías hacerlo? 
Nada es imposible mientras estés vivo y libre. 
Podrías aprovecharte de la vida, no es como que le importe.

Comentarios

Entradas populares de este blog

Las cubetas y las bolsas

En una cubeta

La cubeta de nuevo