El infierno

Lo que hice en mayo no tiene nombre. Tampoco quiero dárselo.
Un infierno, así puede describirse, si acaso.
Cuando en marzo comencé a vomitar en bolsas era extremadamente pulcra, cuidadosa, limpia. Pronto este demonio entró en confianza, sin embargo. Comencé a dejar de limpiar las gotas que eran muy pequeñas. Dejé de bajar inmediatamente después a limpiarme la boca. Dejé de amarrar y re amarrar las bolsas, a veces solo escondía la cubeta sin siquiera haber cerrado la bolsa, rezando secretamente porque a nadie se le ocurriera subir a mi cuarto.
Una semana, dos semanas, tres semanas. Y las bolsas estallaban a causa de alguna ciencia desconocida, y se derramaba en el suelo algo sorprendemente peor que lo que había puesto ahí inicialmente. Comenzó a oler, con toda certeza, a muerte.
Solo me levantaba para comer cada 3 horas, a veces menos. Y si había suficientes bolsas, lo que seguía era muy obvio.
Un día particularmente infernal fue cuando comenzaron a entrar las moscas. Al verlas me pregunté si había tantas porque estaba comenzando el calor. Entraron más y más, y yo seguía pensando que era una sola que volaba muy rápido, ni siquiera quería pararme para comprobar la cantidad de moscas gigantes que hacían un sonido incesante. Me acosté por semanas en medio de ese escenario de pesadilla, recordando por momentos a Belcebú, porque las moscas hacían un ruido discreto pero abrumador.
Cuando tuve el valor de pararme una mañana y limpiar esa inmundicia encontré bolsas en lugares que ya ni siquiera recordaba, y al juntarlas en una sola bolsa noté que tenía el tamaño de la mitad de mí misma, y pesaba al menos unos 10 kilogramos. Me sentí tan desamparada, mi única compañia seguía siendo el mismo demonio que no me deja en paz ni un segundo. Y no podía hacer más que estar agradecida, de que aún bajo esas condiciones me salí con la mía. Yo, yo me salí con la mía.
Estando ya a mitad de junio, realmente es visible que he subido de peso a pesar de haber vomitado tanto, pues después de todo uno realmente no baja de peso de esa manera, y yo lo sé muy bien. En algún punto realmente dejó de tratarse del peso. Mientras temblaba hasta quedarme dormida pensé que me sentía como cuando había llorado toda la noche en el pasado. Ese cansancio, el sentimiento de que has llorado por horas, la debilidad inexplicable. Se siente como un castigo. Por estar viva y tan entera, tengo que ser castigada porque no soy capaz de nada.
Y pensándolo noto que es tan triste que quisiera llorar por ello, pero no tengo la capacidad de sentirme mal por mí misma, yo solo quisiera ser cada vez peor.

Comentarios

Entradas populares de este blog

Las cubetas y las bolsas

En una cubeta

La cubeta de nuevo