No hay dolor

 No me duele, no me fastidia en absoluto. ¿Es difícil no comer? Lo es, pero no es sólo por mi voluntad débil, sino que realmente estoy rodeada de tentaciones todo el tiempo. Al tener una hermana bulímica, es muy difícil no estar cerca de comida muy tentadora, a veces no puedo soportarlo. He llegado a la etapa del hambre en la cual es difícil no dejarse llevar. Me pasé una gran parte de noviembre sin comer nada, viviendo solo de café y un vaso de leche al día. No tiene nada de malo ni indeseable, me encanta, podría vivir así para siempre. 

Algo que me molesta es la debilidad. Me refiero con esto a la debilidad de mi cuerpo causada por la desnutrición. Bajar y subir las escaleras es el doble de difícil, me agito sólo con pararme, no veo nada por hasta medio minuto después de pararme. No retengo ninguna información, no comprendo problemas sencillos, mi cerebro está hecho un desastre. Y todo eso debería ser un buen indicio de que debo comer, pero no quiero, no puedo. 

He estado vomitando aproximadamente cada dos días. No sé si es sólo mi impresión, pero realmente siento que soy muy mala vomitando y quizás no me deshago de todo lo que como apropiadamente, porque desde que empezó diciembre no he bajado ni un gramo a pesar de estar en un régimen muy estricto. No sé qué sucede, es tan frustrante, quisiera tener a alguien a quien preguntarle, alguien que estuviera a mi nivel, no una niñita novata que no sabe lo que hace. Ahora mismo acabo de vomitar un pedazo de pastel, media pizza, un puñado de papas y media salchicha. No sé qué vomité y qué no, a veces quisiera poder abrirme el estómago para asegurarme de que me deshice de todo.

Bajé más o menos 12 kilogramos en 2 meses, y de repente se detuvo. Es verdad que fue por ese tiempo cuando comencé a vomitar más menudo. Me aterra, porque conozco demasiado bien este ciclo. Se acercan las fiestas decembrinas, sé que definitivamente voy a subir de peso, no hay manera de evitarlo. No quiero vomitar mi cena navideña y de año nuevo, pero no tengo otra opción, es algo que tengo que hacer si quiero siquiera tocar esos platillos por los que mis padres están pagando cientos de pesos. Quedan diez días para la cena navideña. Mañana tengo dos exámenes que definirán qué tanto me puedo relajar en mis cortas vacaciones de invierno. Estoy tratando de concentrarme, pero simplemente no puedo dejar de pensar en comida, en cómo deshacerme de ella, regañándome. 

Todo esto no duele.

He de confesarte algo. Desde hace 2 meses y medio no he vuelto a tener episodios depresivos. Nada, emocionalmente estoy tan bien que te sorprenderías, estoy tan bien que yo misma estoy sorprendida. Después de lo que acabo de decir acerca de vivir pensando en comida y no tener energía ni siquiera para pararme quizás creerías que estoy pasándola muy mal. Pero, siendo sincera, pocas veces en mi vida me he sentido mejor. No es que me sienta bien, sino que no me siento mal. Siendo más precisa, casi ni siquiera siento nada en absoluto. Es una eterna batalla entre la falta de voluntad para pararme y hacer mis tareas, la batalla por no comer absolutamente nada, por manejar mi dinero para poder comprar más comida que no me dé miedo, por administrar hasta el último número de mi vida. Pero no me lastima, nada de esto se siente doloroso como se ha sentido el resto de mi adolescencia. No es agradable, no tienes idea de las cosas que me han pasado. Pero es menos agradable que el tipo de vida en el que la debilidad no me mantiene sedada todo el tiempo. ¿Importa si los demás creen que soy estúpida ahora que no puedo procesar ni un párrafo de información? ¿Importa algo en absoluto?

Comentarios

Entradas populares de este blog

Las cubetas y las bolsas

En una cubeta

La cubeta de nuevo